El camino, de Miguel Delibes

El progreso, elogio a la mediocridad y, de nuevo, el punto medio

Se acaba el verano y, a pesar de que yo casi no me he movido del sitio en los últimos tres meses, ya ha llegado septiembre con sus días más cortos, sus noches frescas y los inicios de curso. A la mayoría nos encanta tener la oportunidad de empezar otra vez, de crear cosas nuevas, de reinventarnos.

El Progreso

Aunque no siempre es así. Por ejemplo, a Daniel, el Mochuelo, protagonista de la novela El camino, de Miguel Delibes, el progreso le trae sin cuidado. Su padre, el quesero, se ha empeñado en que el hijo prospere y, para eso, a los 11 años, Daniel tiene que dejar el pueblo para ir a estudiar a la ciudad.

La noche de final de verano anterior a la marcha, tumbado en su cama sin poder pegar ojo, al Mochuelo se le presenta su futuro con incertidumbre. Lo único que le tranquiliza es repasar toda su infancia, con mucha nostalgia, en el valle al que tanto arraigo tiene.

Por esos pensamientos pasan situaciones. Como cuando él y sus amigos Roque, el Moñigo, y Germán, el Tiñoso, perdieron los pantalones el día que decidieron esperar al tren rápido dentro del túnel con los calzones bajados. O como cuando quemaron al gato de la Guindilla mayor con una lupa a través del cristal de la tienda.

Pero lo que pasa por sus pensamientos sobre todas las cosas son los vecinos del pueblo. Sus amigos; la Mica; la Mariuca-uca; Paco, el herrero; José, el cura, que es un gran santo; la hermanas Guindillas; las Lepóridas; Quino, el manco; Gerardo, el indiano,… y un elenco de personajes cada uno con su historia de vida y todos arraigados a ese valle del que Daniel ha de partir al día siguiente por esa idea del progreso, “que no le interesaba un ardite”.

Elogio a la mediocridad

Y, ¿qué pasa si lo que le apetecía a Daniel era una vida sencilla, tranquila y simple? ¿Habéis reflexionado alguna vez sobre este tema? Hace tiempo leí este artículo que justo habla de esto: “What if all I want is a mediocre life?” (Y, qué si todo lo que quiero es una vida mediocre).

Y, ojo, que mediocre no quiere decir sin sentido. Lo que quiere decir es que estamos tan obcecados en el más y mejor, en la productividad y en la excelencia, que se nos olvida la vida. Culpable. Y, de paso, nos juzgamos continuamente por lo que no somos olvidando aquello que sí. Culpable otra vez.

Qué pasa si no he escrito un libro pero escribo aquí porque siento que tengo algo que aportar

Al hilo de esta reflexión, encontré días atrás este otro artículo del New York Times titulado “In praise of mediocrity” en el que se hace una alabanza a la mediocridad en la medida en que el autor considera que la ambición por conseguir la excelencia se ha infiltrado y ha corrompido el ocio. Cada vez tenemos menos hobbies, y no solo porque estemos súper ocupados, sino porque nos asusta ser malos en ellos. Y, así, se pierde la esencia última de disfrutar con nuestras aficiones y también del aprendizaje. Ahora, si corremos, nos entrenamos para la media maratón y si escribimos es para publicar un libro. De nuevo, se nos olvida la vida. Culpable.

El punto medio

Y esto me ha traído a la mente dos cosas. La primera, el punto medio de Aristóteles, que tanto me gusta. Por supuesto que creo en el poder del avance y del progreso, pero no en la forma en que lo proyectamos. Como dice la autora de A life in progress: “Más grande no siempre es mejor y lo individual también importa”.

What if I don’t want to write a cookbook or build a six-figure business or speak before thousands. But I write because I have something to say and I invest in a small community of women I care about and encourage them to love and care for themselves well. Because bigger isn’t always better and the individual matters. She is enough.

A life in progress

La segunda cosa que me ha venido a la cabeza es esta reflexión que hace Elizabeth Gilbert en su libro, Libera tu magia:

Tener un empleo no es una deshonra. Lo que sí es una deshonra es espantar a tu creatividad exigiéndole que financie tu existencia. Siempre puedes compaginar la dedicación a tu arte con un trabajo alimenticio

Elizabeth Gilbert

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