Abuelo… ¡Mundo!

Hoy, 10 de octubre, sería el cumpleaños oficial de mi abuelo Cano. Y digo oficial porque ni él ni nadie que yo haya conocido sabía la fecha exacta en la que llegó a este mundo. Era 1934 y a los niños, sobre todo en los pueblos, no los registraban al nacer sino que podían pasar días hasta que se formalizaba el trámite.

Mi abuelo hubiera cumplido 87 años, aunque en realidad se fue hace muchos, casi 30. Del día que falleció sí que me acuerdo. Fue el 17 de julio de 1993. Yo tenía 9 años y llevaba casi una semana durmiendo en casa de mi vecina porque mis padres estuvieron desde el 13 en el hospital, acompañándole durante esa operación de trasplante de corazón que no salió bien.

Uno de esos días, mi padre volvió a casa a buscar el DNI de mi madre, que estaba guardado bajo el papel de aluminio en uno de los cajones de la cocina. Y, mientras lo cogía, me dijo: “El abuelo no va a volver”. Y yo, creo que en shock, dije algo así como: “Vale”. No lloré. Pero no hizo falta. Solo los episodios más importantes de mi vida, buenos o malos, da igual, los recuerdo como aquel día: tan claramente que parece que los estoy volviendo a vivir.

La muerte de mi abuelo fue bastante traumática para mi familia. Y es que él se marchó muy pronto y todos (mi hermana y yo; mi madre; mi tío; mi abuela,…) éramos demasiado jóvenes (si es que hay edad para asimilar este tipo de cosas). Sin embargo, algo que me asombra cada día es cómo una persona a la que solo conocí durante 9 años de mi vida pudo influirme tanto para siempre. Lo tengo claro: me hizo muy feliz una de las etapas más maravillosas de la vida: la infancia.

Lo cierto es que pasé esos 9 años a su lado. Primero viví con él y con mi abuela en el pueblo. Luego, cuando volvimos a Madrid, me llevaba y recogía del colegio. Aprendimos juntos las tablas de multiplicar. Íbamos de excursión al campo. Siempre estuvo. A pesar de que durante ese tiempo, los días que se levantaba “jodío” eran muchos.

Hace unos años, Lorena Metaute (que hace una excelente labor de periodismo de familia) me pidió que escribiera algo para el día de los abuelos. Y he creído que hoy era el mejor día para recuperarlo en esta Veleta en la que le hago mi particular homenaje. Todo lo que leeréis a continuación son hechos reales extraídos de mis recuerdos.

Abuelo,…¡Mundo!

Aquella tarde de verano la pasé con mi abuelo en el corral. Era algo que solíamos hacer: mientras él apañaba a sus animales, yo pasaba el tiempo jugando con ellos y haciendo de ayudante. Lo diferente y especial es que ese día íbamos a recibir a un nuevo miembro de la familia, y eso no sucedía muy a menudo.

Envueltos en la calma chicha soporífera, calurosa y cansina que anunciaba la llegada, estuvimos horas observando a la cabra. Tenía el vientre muy abultado, se movía nerviosa en un rincón, apartada del resto de animales y balaba más que de costumbre. Estaba a punto de parir.

Cuando apenas se dejaba ver ya el sol del atardecer, mi abuela nos obligó a volver a casa para cenar. Pero, después de todas aquellas horas de guardia, yo no estaba dispuesta a perderme el nacimiento del cabritillo. Los nervios me mantuvieron alerta un buen rato, hasta que mi abuelo prometió despertarme si esa noche, por fin, llegaba el momento.

Y así fue. Los dos juntos recibimos a la cabrita de madrugada, en el corral, a la luz de un candil.

– Abuelo, ¿y cómo vamos la vamos a llamar?

– Con estos ojos tan grandes y tan abiertos, solo se puede llamar de una manera.

Y la cabrita llevó mi nombre.

Mi abuelo fue cabrero desde muy pequeño. Sufrió el hambre y las desgracias de una guerra entre hermanos que le dejaron sin padre muy pronto. Pero se recompuso lo mejor que supo y construyó su vida al lado de mi abuela. Emigró, como tanto otros, del campo a la ciudad para mejorar. Trabajó duro para sacar a sus hijos adelante. Al caer malo, volvió a sus orígenes, con sus animales, que le devolvieron la vida durante unos años.

Cuando nos conocimos, él ya estaba enfermo del corazón. Tengo la teoría de que se dedicó a querernos tanto y tan bien, que se le gastó antes de tiempo. Su partida anticipada marcó mucho a mi familia, pero lo que más me impresiona son los preciosos recuerdos que dejó sembrados en todos los lados a los que fue. En todos. Y a pesar de todo.

Aún le escucho en mi cuna del pueblo, al lado de su cama, ambos en duermevela, cogidos de la mano por entre los barrotes:

– Abuelo…
– ¿Qué, Patri?
– ¡Mundo!
– Sí, Patri, eres la más bonita del mundo.

Y, así, hasta que nos dormíamos.

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