Usted está aquí, de Aniko Villalba

Berlín

El mes pasado, casi sin esperarlo, mis días libres y los precios de los billetes de avión se pusieron de acuerdo. Así que me marché a Berlín como auto regalo adelantado de cumpleaños. Coincidió por las mismas fechas que estaba leyendo el nuevo trabajo de Aniko Villalba, Usted está aquí, un libro-journal que combina la experiencia viajera de la autora con disparadores creativos para que los lectores completen antes, durante y después del viaje. Y fue gracias a él que cambié la perspectiva de mi visita a la capital de Alemania.

Antes de partir

Como de costumbre, unos días antes de salir, hice una búsqueda exhaustiva en Google para llevar identificadas las “X cosas que hay que ver en Berlín”. Ya sabéis a qué me refiero: la puerta de Brandenburgo, el edificio del Reichstag, la isla de los museos, el Muro, la catedral, la torre de televisión, el oso y todas las cosas turísticas por excelencia. También pregunté a personas cercanas que habían visitado la ciudad para evitar que se me escapara algo.

Y, así, hiperinformada de experiencias ajenas, tenía previsto afrontar mis días en Berlín… Hasta que me dejé llevar por las consignas de Usted está aquí y decidí montar mi propia experiencia de viaje.

Haciendo un nuevo planteamiento

A pesar de que quería seguir recorriendo los sitios más emblemáticos de Berlín, lo que realmente me atrae de visitar lugares nuevos es la parte más antropológica: conocer cómo vive la gente en otras partes del mundo porque, aunque estemos relativamente cerca, siempre hay cosas sorprendentes. Y, además, me encanta hacerlo pateándolo todo de arriba a abajo.

Así que con este nuevo punto de partida y habiendo reflexionado sobre los disparadores previaje (por qué decidiste hacer el viaje, cuáles son tus miedos y qué cosas esenciales te gustaría llevarte), aterricé en Berlín un día frío y gris de finales de octubre.

La primera impresión y los sentidos hiperdespiertos

Dice Aniko Villalba en su libro que “los primeros encuentros con una cultura desconocida suelen ser caóticos”: los carteles incomprensibles, el bullicio en otro idioma, las rutinas de los que ni se inmutan por nuestra llegada o el desafío de leer el mapa de una ciudad que no conoces. Y añadiría, en mi caso, la nostalgia por comparación con lo conocido hasta que mi cabeza aterriza unas horas después que mi cuerpo.

Mi contacto inicial con Alemania fue el aeropuerto. El de Tegel atractivo no es, pero está organizado en círculo y no es difícil encontrar el camino que quieres seguir. Al salir de allí en transporte público, la primera impresión fue que Berlín es una ciudad grisacea, nublada, con una arquitectura que me recordó a Bélgica y recorrida por unas tuberías de color azul de las que no había leído nada.

Al llegar a la estación central, lo  más llamativo fue el amplio despliegue de medios de transporte: autobús, tren, metro, tranvía, coche, bicicletas y patinetes que van a cualquier punto de la ciudad. Olía a muchas comidas, sobre todo turca. Los 4 grados centígrados volvieron mi piel más tersa. Se escuchaba el zumbido de las bicis a toda velocidad. Y era hora de comer. Berlín me sabe al primer Currywurst que comí al lado de la puerta de Brandenburgo.

La línea del tiempo de mi viaje

“Cuando estamos de viaje siento que los días se ensanchan y el tiempo se estira”. A mí esta sensación que describe la autora en su libro también me pasa. Siento que en cuatro días he hecho más cosas que en un mes de mi rutina habitual y empiezo a medir el tiempo de manera diferente a las horas, minutos y segundos.

Uno de los disparadores de Usted está aquí propone hacer una línea del tiempo de viajes marcando su paso de acuerdo a nuestro propio ritmo. La mía en el viaje a Berlín ha quedado así:

  • Cuando anduve 22 kilómetros para descubrir rincones de la ciudad que no estaban en mis planes.
  • Cuando me di cuenta de que Berlín necesita ser explicada y me apunté a un freetour.
  • Cuando caí en la cuenta de que faltaba poco para el 30 aniversario del Muro.
  • Cuando me comí un Kebab en el que nombré mi rincón favorito de la ciudad.
  • Cuando descubrí que el hombrecillo del semáforo, el Ampelmännchen, y el oso estaban por todas partes en la ciudad.
  • Cuando me subí sin querer a un tren en dirección contraria al East Side Gallery y acabé comprando un pretzel en una estación del extrarradio de Berlín.
  • Cuando seguí a unas chicas que llevaban un montón de botellas en las manos para conocer el sistema de reciclaje de reciclaje de plásticos.
  • Cuando fui al campo de concentración de Sachsenhausen y nos recibieron unos inquietantes graznidos de urracas.
  • Cuando de vuelta a coger el tren en la estación de Oranienburg me perdí por el pueblo sin importarme nada.

El lado oscuro y la viajoterapia

Otro de los aspectos sobre los que nos propone reflexionar Aniko Villalba en el journal es su lado oscuro. En ocasiones, tendemos a idealizarlos, sobre todo cuando se han terminado, pero, ¿acaso alguna vez has sentido que la realidad de lo que has vivido no estaba a la altura de lo que esperabas?

Yo he de reconocer que, aunque no con Berlín, sí he tenido esa sensación en otros viajes. Este sentimiento tiene un nombre, se llama “el síndrome de París” y al parecer es algo que les pasa a algunos japoneses la primera vez que visitan París.

Para contrarrestarla, la cura que propone la autora es la viajoterapia, que consiste básicamente en saber estar, aprender del ciclo del mar, entender que todo es transitorio y encontrar la felicidad en lo cotidiano. Y es que, si queremos disfrutar del viaje, quizá deberíamos pensar mucho menos en los listados de cosas que hay que ver o en las impresiones que tienen otros del lugar.

Mapa subjetivo de tu viaje

Para lograrlo, una de las consignas que más interesante me parece del libro es la de hacer un mapa subjetivo de tu viaje. Es decir, confecciona tu lista a medida de las “X cosas que ver en Berlín”.

Quién sabe, puede que a ti lo que te hubiera gustado de Berlín es visitar una pieza de arte en la isla de los museos; saber más acerca del sistema de bombeo de agua con esas tuberías azules tan características; o quedarte frente a los grafitis del Muro y analizar todos los mensajes que los artistas pretenden transmitirnos.

Al fin y al cabo, hay tantos Berlines como viajeros.

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